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01/08/14 -  Granma (Habana) - En el medio milenio de Trinidad El valle milagroso

Con un paisaje tentador a las puertas de la ciudad, una mina arqueológica
por descubrir y una historia todavía a medio contar, el Valle de los
Ingenios lega un conjunto patrimonial exclusivo que trasciende siglos y
generaciones

JUAN ALBERTO BORREGO

TRINIDAD, Sancti Spíritus.- Ni la parálisis económica de mediados del siglo
XIX, ni la abolición de la esclavitud tiempo después, ni las dolorosas
ruinas de la guerra, ni siquiera la desaparición de la agroindustria
azucarera hace algo más de una década han podido rebajar su linaje al Valle
de los Ingenios, ese apéndice imprescindible que durante siglos generó la
fortuna de la sacarocracia trinitaria.

 Foto: GARAL EL VALLE DE LOS INGENIOS VISTO DESDE EL MIRADOR DE LA LOMA DEL
PUERTO.

Con algunos terrenos ubicados casi en la periferia misma de la urbe y
surtida por los ríos que se precipitan desde lo alto del macizo de
Guamuhaya -Agabama, Ay, Táyaba y Caracusey, entre otros- la planicie, de
unos 250 kilómetros cuadrados de extensión, comprende a su vez los valles
de San Luis, Agabama-Méyer y Santa Rosa, además de la llanura costera del
Sur.

Fuentes autorizadas aseguran que hacia 1827 trabajaban en los 56 ingenios
existentes en el valle unos 11 700 esclavos, quienes sostenían una
producción de alrededor de 640 000 arrobas de azúcar, sin precedentes para
la época en ningún otro lugar del mundo.

Para Roberto López Bastida, fundador y primer director de la Oficina del
Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios, la
naturaleza permitió al hombre crear aquí "una cultura de la plantación, un
imperio del azúcar, sustentados sobre una inhumana base de esclavitud y
miseria, pero capaces, en su paradójico prodigio, de sintetizar toda una
historia de esplendor y decadencias, de trabajo y riqueza, de fundaciones y
de relaciones con el mundo exterior".

Tanto dependió el progreso trinitario de la feracidad de aquellas tierras
que cuando en los finales del siglo XIX la caña no rindió lo suficiente,
sencillamente la ciudad quedó paralizada -"aislada del resto de la Isla,
vivía o dormía, fuera del tiempo", escribió la investigadora y folclorista
Lydia Cabrera tras visitarla en 1923-, un espasmo que por una parte
sumergió a Trinidad en la pobreza más cruel, pero por otra le garantizó a
posteriori una notoriedad excepcional.

LA EXCLUSIVIDAD DE LAPLANTE

Presuntuoso como pocos, Don Alejo María del Carmen Iznaga y Borrell no pudo
vaticinar, sin embargo, que 200 años después de haber ordenado construir en
su feudo aquella atalaya de 43,5 metros de altura, acaso un desafío a las
fuerzas del vértigo, los especialistas y técnicos de la Oficina del
Conservador la mantendrían como la niña de sus ojos.

 Foto: Oscar Alfonso LA TORRE MANACA IZNAGA, PRINCIPAL ATRACCIÓN TURÍSTICA
DE LA ZONA.

El grabador francés Eduardo Laplante, traído exclusivamente a estos predios
hace más de 150 años por el rico hacendado trinitario Justo Germán Cantero,
dejaría una imagen cinematográfica de lo que tuvo frente a sus ojos: las
carretas de caña rumbo a la fábrica, una de las más prósperas de todo el
valle; las chimeneas humeantes, antepuestas a la casa familiar con ínfulas
de mansión vernácula; el caserío de esclavos, tan anónimo como sus
inquilinos, y en medio de la hacienda, hincada como para frustrar cualquier
evento de cimarronaje, la torre vigía más alta de toda Cuba.

Símbolo arquitectónico y sociocultural y una de las principales atracciones
turísticas de la región, la torre de Manaca Iznaga resulta quizás el icono
más visible de todo el patrimonio azucarero reunido en el Valle de los
In-genios, donde pervive un conjunto monumental exclusivo que, además de la
riqueza paisajística, reúne 73 sitios arqueológicos de alto valor,
incluidas 13 casas haciendas, revelación tangible de la intensa actividad
azucarera registrada durante varios siglos en estos predios.

Junto a la torre, en Manaca Iznaga se conservan valiosas instalaciones del
antiguo batey como la casona principal, restaurada desde hace décadas, y el
atípico caserío de esclavos, todavía habitado y considerado por los
especialistas como el único exponente de su tipo en Cuba, también
rehabilitado.

DE SAN ISIDRO A GUÁIMARO

Como un laboratorio al aire libre han definido los estudiosos las ruinas
descubiertas en el antiguo ingenio San Isidro de los Destiladeros, testigo
del desarrollo industrial alcanzado en el valle, donde a finales de los
años ochenta del siglo pasado un grupo de arqueólogos insaciables encontró
casi intacto el llamado tren jamaiquino, sistema de cocción del azúcar
avalado entre lo más moderno de su tipo para aquellos tiempos.

Hasta San Isidro también han llegado en los últimos meses restauradores y
fuerzas constructoras de la Oficina del Conservador para consolidar
estructuras y crear las primeras condiciones con vistas a convertir el
lugar en el Centro de Arqueología Industrial del Valle de los Ingenios, un
privilegio que tendría muy bien ganado el sitio a juzgar por todo lo que en
un futuro pudieran encontrar allí los buscadores de evidencias.

Paola López Castillo, especialista del Centro de Documentación del
Patrimonio de la mencionada Oficina, admite que entre los resultados más
sobresalientes alcanzados en la zona a propósito de las festividades por
los 500 años de Trinidad figura la rehabilitación de la casa hacienda del
ingenio Guáimaro, industria que para 1827 producía 82 000 arrobas de azúcar
mascabada y prensada, la cifra más alta para una fábrica de su tipo en todo
el mundo.

El mejoramiento de algunas vías de comunicaciones, la sustitución de
cubiertas de zinc por otras de barro en viviendas típicas y la eliminación
de plantas invasoras en terrenos antes poblados por caña de azúcar, vienen
reconfigurando el paisaje del valle y, más que ello, sembrando la filosofía
de hacer bien al patrimonio y a su gente.

Porque coincide en lo inútil de crear escenografías engañosas para
satisfacer los apetitos del turismo, cada día más interesado en redescubrir
la mina arqueológica que se oculta en las espaldas de Trinidad, Víctor
Echenagusía, especialista de la Oficina del Conservador y uno de los
imprescindibles en la salvaguarda de este legado, prefiere caminar paso a
paso: "El gran reto -dice- no es solo preservar ese patrimonio, sino
hacerlo sostenible".


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