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12/30/13 -  Cuba-L Documento (Albuquerque) - Apuntes sobre el simbolismo numérico en la santería (Segunda Parte)*

Rosa María de Lahaye Guerra

(En colaboración con Rubén Zardoya)

El babalao José se enorgullece de la complejidad y exactitud del sistema
binario utilizado en los ritos adivinatorios de Ifá:

"En Ifá es un puro cálculo matemático, no se habla de números. La
computadora usa el mismo sistema binario que usamos nosotros. Porque alguna
gente dice: "Nosotros usamos el mismo sistema binario que usa la
computadora, el cero y el uno". No, nadie puede decir que el sistema
nervioso central usa el lenguaje de la computadora. No, ¡si el sistema
nervioso fue antes que la computadora, la cibernética.! El lenguaje binario
del cero y el uno se usa en todas las combinaciones en Ifá, y es puro
cálculo matemático. Doscientos cincuenta y seis odduns de Ifá. Cero y uno
en el écuele, dos a la octava. 2 x 2= 4, cuatro son los cocos que usas. 4 x
4 = 16, el diloggún, que son dieciséis caracoles. 16 x 16 = 256. Y tú
multiplicas dos a la ocho, que son las ocho ramas que tiene la cadena
adivinatoria de Ifá, y te va a dar 256, que eso es un cálculo matemático,
que esos negros lo sabían".

Sin perjuicio de este arte numérico, el babalao refuerza la siguiente idea:
"El problema es que el diloggún tiene una expresión de números que en Ifá
no se usa. [...] Nosotros no usamos números, usamos letras, que tienen de
por sí un profundo cálculo matemático". La diversidad de números que entran
en juego en este cálculo matemático no parece guardar relación simbólica
alguna con los orichas, salvo, tal vez y de forma muy general, con Orula,
poderhabiente de la sabiduría total de Ifá. Pero el asunto es un tanto más
complejo y, en nuestra opinión, no abre una brecha tan grande como supone
José entre los sistemas oraculares empleados por los santeros, por una
parte, y los babalaos, por otra.

La utilización de un sistema numérico en el rito adivinatorio se hace más
patente en el caso del oráculo del diloggún del que se sirven los santeros,

"ORÁCULO DEL CARACOL, piedra angular de nuestra religión; porque podríamos
aceverar (sic.) que "DILOGGÚN" es la clave principal de esta REGLA [Regla
de Ocha]; es el idioma único por excelencia a través del cual se vale el
SANTERO u Obra para transmitir el mensaje de los ORISHAS, es en conclución
(sic.), la única [forma] o medio de comunicación de los SANTOS, a través de
los ODDUN, para hacernos llegar el mensaje esperado". (Tomado de un folleto
mimeografiado a inicios de los años 90 del pasado siglo, sin indicación de
autor, ciudad ni fecha de publicación.)

El "mensaje" llega gracias a la disposición ("boca arriba - boca abajo") de
16 caracoles sobre la estera, luego de ser arrojados entre rezos y acciones
rituales; disposición que sólo puede ser fijada en la forma de una
"pluralidad finita" (según la expresión de Aristóteles), de la cantidad
limitada y determinada que llamamos número, es decir, de la enumeración.

Cada número determinado señala al oricha o a los orichas que "hablan", que
escriben el mensaje, se presenta como un índice de una cualidad
trascendente: el oricha. Ahora bien, con esta indicación, en el rito
adivinatorio cesa toda relación numérica: la cualidad sobrenatural
simbolizada absorbe el número, lo hace desvanecerse, de forma tal que, por
ejemplo, los oddun 1, 2, 3 y 4 se consideran "mayores" que los 5, 7, 9 y 11
y "el más chico de los ODDUN es el 5 (OCHE)". Más que de números, pues,
parece tratarse de unidades absolutas e independientes las unas de las
otras, de símbolos que no pueden ser sumados, restados, multiplicados ni
divididos entre sí. La relación mayor-menor, en este caso, nada tiene que
ver con la aritmética. Pero, insistimos, a estas entidades simbólicas que
no se constituyen, en su sustancia mítica, mediante la adición de unidades,
y que sintomáticamente, como hemos visto, los santeros y los babalaos no
llaman números sino letras (signos adivinatorios), se ha llegado como
resultado de la enumeración, del simple procedimiento de componer un número
como resultado de la conjugación de un conjunto de unidades; y este número,
ajeno a toda sutileza matemática y presente en la conciencia de los
religiosos como una totalidad indivisible e inconmensurable, se erige en
representante plenipotenciario de una u otra deidad.

De esta manera, las deidades que expresan sus designios con el concurso de
un signo adivinatorio dado -digamos, Oggún, Ochosi y Obatalá a través de
Oggunda (3)- son asociadas de forma extrínseca al número correspondiente,
aunque la asociación real dependerá de múltiples factores -ante todo, de
las tradiciones y de la experiencia religiosa concreta- cuya consideración
haría demasiado extensas estas líneas.

En esencia, la lógica bosquejada no es muy diferente de la que opera
durante la utilización del oráculo del écuele por los babalaos, sólo que en
este caso, la cantidad menor de 8 pedazos de coco (carapachos de jicotea,
semillas labradas, etc.) que puede ser abarcada fácilmente con la mirada,
se asocia en la representación de forma más directa con la cualidad, con
"la diferencia que distingue la esencia", o, en otros términos, con la
abstracción de la determinación cuantitativa (numérica). En uno y otro
caso, se produce una enumeración y, de inmediato, el número deja de ser una
"multitud de unidades", se apaga en la cualidad del oddun, de la sabiduría
divina que se trasmite a seres humanos instruidos y elegidos por las
deidades.


*Fuente: Cubadebate (Habana), 6 OCTUBRE 2011

http://www.cubadebate.cu/columnas/nosotros/2011/10/06/apuntes-sobre-el-simbolismo-numerico-en-la-santeria-segunda-parte/


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