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12/29/13 -Juventud Rebelde (Habana) - En busca de la felicidad

Graziella Pogolotti o 28 de Diciembre del 2013 22:42:49 CDT

Mi mascota es feliz. Pero no lo sabe, porque su mentalidad perruna no
alcanza a formular el concepto. Disfruta en el día a día el comer
garantizado, el retozo con sus juguetes y el afecto de quienes la rodean.
Para la especie humana, en cambio, la felicidad ha sido un deseo siempre
perseguido. Las religiones, el pensamiento filosófico, el arte y la
literatura intentan encontrar respuesta para tan apremiante demanda.
Ofrecen consuelo, promesa de vida eterna, exaltan el goce de los sentidos o
el descubrimiento del valor casi imperceptible de las pequeñas cosas
cotidianas. Todo proyecto social emancipatorio se propone también, en
última instancia, construir la posibilidad de realización plena para cada
quien.

Cuando va terminando el año, nos aprestamos a la celebración y el
reencuentro para recibir el anuncio de un nuevo amanecer. Simbólicamente,
barremos lo viejo con vistas a formular proyectos o a espantar los malos
augurios. Todos no disfrutamos por igual. Algunos tienen que cicatrizar un
dolor reciente. Otros buscan refugio en el recogimiento. Porque la clave
del problema está en que la felicidad no puede programarse. Hace años, en
el Museo de Dresde, contemplé durante un buen rato un cuadro que proponía
una imagen tangible del paraíso prometido. En un ambiente carente de
atmósfera, aparecen dispersas formas corpóreas privadas de identidad, de
rostro y de brazos, clavados en el suelo por un largo pedículo. Distantes
unos de otros, permanecen sin habla, condenados para siempre a la
incomunicación. La eternidad se equiparaba, en aquella visión espantable, a
la no vida.

La felicidad, por lo contrario, se asocia a la vida. Requiere la
transformación humanizadora del entorno, la satisfacción de las
necesidades, el vínculo estimulante con la naturaleza -ese paisaje con el
color del cielo y la sombra acogedora del árbol- y la interminable variedad
de las calles por donde transitamos. En ese universo que recibimos al
nacer, tenemos que aprender a descubrir la felicidad, muchas veces huidiza
y con frecuencia momentánea, iluminación tan relampagueante que se nos
escapa hasta revelarse como pérdida en una nostalgia tardía.

La felicidad se asocia a la vida. Viene dada por las circunstancias que nos
rodean, el ambiente, la familia, la amistad, el amor. Para reconocerla y
capturarla, hay que fortalecer las antenas conformadas por nuestros valores
espirituales. Dar es el mejor modo de recibir. Hay quienes experimentan
intenso placer al observar el colorido de una puesta de sol. A veces, el
dolor y la felicidad se suceden. Ocurre así en el parto, difícil y
angustiado, compensado por el nacimiento de la criatura. El artista
verdadero conoce esos momentos de plenitud cuando la compleja elaboración
de la obra desemboca en un resultado satisfactorio y recibe el beneplácito
del público, del mismo modo que el atleta sudoroso asciende el podio de la
victoria.

El concepto de felicidad, junto al incentivo por perseguirla, es obra de
las variadas propuestas culturales construidas a través de la historia. Las
celebraciones campesinas, asociadas al canto y al baile, eran el resultado
de la convocatoria colectiva para la recogida de la cosecha. El trabajo
manual incitaba al acompañamiento rítmico. Las expresiones musicales más
remotas surgen del ritual y de las variadas labores, como la del pastor que
atiende las ovejas con la melodía de su caramillo. Mucho más adelante, se
fue definiendo el espacio para el tiempo libre. Los domingos devinieron
días de guardar, consagrados también a la exigencia de reponer fuerzas, a
la ruptura de las rutinas, al ocio, al cuidado de la persona, al baño
semanal y al empleo de ropas reservadas para ese día. Imperceptiblemente,
la costumbre impuso otras rutinas. Las normas sociales generaron
compromisos de otro orden. La diversión se transformó en obligación,
modorra espiritual. Porque la felicidad no se programa desde fuera. Surge
en la interacción de la subjetividad individual con la cultura que nos
arropa. La presión del medio conduce a simular una alegría forzada, falsa
versión de la verdadera felicidad. Para lograrlo, nos aturdimos con el
volumen del ruido y nos valemos de estimulantes de todo tipo para romper
las inhibiciones, en espera de la triste resaca del próximo amanecer.

La preponderancia de las fórmulas de entretenimiento exacerbada por las
nuevas tecnologías propone modelos de felicidad sustentados en poseer
bienes más que en la capacidad de disfrutar. Nos sometemos al sacrificio de
lo indispensable por alcanzar lo ilusorio, siempre inalcanzable porque el
mercado multiplica la producción de nuevos bienes. Accedemos de buen grado
a tentaciones enajenantes mientras se nos escapa entre los dedos la
infinita riqueza de la vida porque, para conquistar la felicidad, hay que
empezar por reconocerla. Escurridiza, a veces nos pasa por el costado y tan
solo años más tarde comprendemos con nostalgia que no supimos agarrarla. La
esencia del problema se encuentra, otra vez, en la cultura, fuente de
valores y terreno fértil para el crecimiento del espíritu. En ese suelo
favorable, se agudizan las antenas para revelar el encanto del paisaje, el
incitante universo de las artes, la belleza oculta en las cosas y en los
seres humanos que nos rodean. Para ser feliz, hay que amar la vida y
preservar en lo íntimo de cada quien el fresco latido de la infancia.
Tenemos que cuidarnos de la ponzoña que envilece el alma, hecha de
amargura, de envidia, de resentimiento, de mezquina ambición.

Los niños nacen para ser felices. Por eso, para los niños de nuestra
América, José Martí escribió La edad de oro. Lo hizo con el propósito de
ensanchar horizontes al conocimiento del perfil de los héroes, de los
pueblos de otros continentes, de los últimos inventos de la civilización.
Se valió de la prosa y de la poesía para afinar la sensibilidad para el
goce de las palabras y de la melodía del verso y despertar en la virtud el
rechazo a la mezquindad y el reconocimiento de la plenitud humana en el
gesto generoso. En la delicada y entrañable verdad de esas páginas se
revela la dimensión de quien, consciente de la ingratitud probable de los
hombres, se entregó de lleno, en sus actos, a la lucha por el mejoramiento
posible de sus semejantes.


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