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12/25/13 - Juventud Rebelde (Habana) - La vida pendiente de una cadena

José Luis Estrada Betancourt o estrada@juventudrebelde.cu 24 de Diciembre
del 2013 21:13:04 CDT

No lo niego: hasta hoy lo he amado casi con frenesí. Y quienes conocen de
amores difíciles, bien saben que no resulta fácil abandonarlo
definitivamente, aunque en el fondo seas consciente de que esta relación de
amor-odio, de estira y encoge, ya no da más. Por eso espero tener
suficiente fuerza de carácter para poder aplastarlo, para no disfrutarlo
más en mi boca, para no sentir la necesidad de retenerlo en mis manos hasta
que cada uno de mis poros huela a él...

Con lo que ocurrió esta vez, en que me la hizo "buena", mis diferencias con
el cigarro son irreconciliables. Es imperdonable la traición que le
orquestó a mi corazón, al que dejó indefenso para que pudiera ser castigado
con un dolor infinito, como si de repente fuera una de esas pelotas
flexibles que, ya imposibilitadas de aguantar la presión de manos
atormentadas por el estrés, explotan.

Entonces supe que el cigarro, y mi vida desordenada -digamos toda la
verdad-, me habían hecho una "cama" donde me dejaron tendido con un infarto
de cara inferior, lejos de mi tierra por adopción, justo cuando me proponía
ser testigo del festival de trova Canto adentro que organiza la Asociación
Hermanos Saíz en la Villa Santa María del Puerto del Príncipe, hermosísima
siempre a pesar de sus cercanos cinco siglos de existencia.

Y yo, que hasta ese momento creía que se trataba de un inaguantable dolor
muscular, escuché aquella palabra que apenas tuve tiempo de interiorizar.
¿Infarto? ¿Así se iba a acabar mi andanza por este mundo? No veía ni la luz
ni el largo túnel que, dicen, presagia el final.

Fue un momento triste, porque al menos esperaba que en ese instante en que
la vida pende de un hilo, pasaran ante mis ojos los más grandes, e incluso
los más mezquinos, recuerdos de mis 46 años. Pero, por suerte, todo se
quedó en blanco para poder oír con claridad absoluta que no me dejarían ir
así de fácil.

En un inicio, me lo repetían las tranquilizadoras voces de médicos y
enfermeros del servicio de Urgencias del Amalia Simoni -sobre todo de
¿Adrián? (juraría que ese es su nombre, aunque según el informe, el equipo
lo dirigía el doctor Jorge Alfredo Acuña)-; y luego, aquel frágil hilo
comenzó a coger robusta consistencia, como de metal indoblegable, y a tomar
forma de esos eslabones que se van cerrando inquebrantablemente cuando se
trata de solidaridad, de camaradería, cuando se trata de verdadera amistad.

Creo que durante esos días en Camagüey no hubo un enfermo más atendido,
mimado, buscado; más cuidado, que este servidor. Ni siquiera me atrevo a
pensar que lo que sucedió conmigo en el Servicio de Cardiología del
Hospital Provincial Manuel Ascunce Domenech haya sido un milagro. Tanto
sentido del deber, profesionalidad, ética, entrega, responsabilidad..., no
puede ser obra de la casualidad.

Alejado hasta ahora totalmente de los hospitales, me había dicho que esas
cualidades ya escaseaban en nuestros centros asistenciales, pero he
comprobado que esas tamañas virtudes que siempre han distinguido a los
galenos del patio permanecen intactas, a pesar de que con cada una de sus
esforzadas historias personales se pudieran escribir interminables
capítulos de unas Urgencias Médicas a lo cubano.

También ellos andan en bicicleta o las inventan para cumplir con sus
obligaciones; también a ellos les cuesta llegar a fin de mes, cubrir las
necesidades de sus hijos o buscar quién se los cuide (asimismo a sus
abuelos y padres ya achacosos), terminar la construcción que parece eterna,
o hacerse de sus casas... pero no pierden la sonrisa ni el buen trato. Se
esmeran porque tu corazón sane, se aferre esperanzado a la vida.

No lo determina que sean reconocidísimos especialistas como Elizabeth
Sellén, Rafael León y Ángel González; prometedores residentes nombrados
Evelyn Pedroso, Enmanuel Hernández y Armando Figueredo, o la tropa de
enfermeros únicos que encabeza la licenciada Amelia Salomón y secundan
María Ela, Mayra, Anny, Yohandra, Argelio, Boris...; aunque igual no puedo
dejar de decir que tal vez no estaría listo para escribir estos
agradecimientos sin el modo como me asistieron esmeradamente los cuatro
ángeles de José (nada que envidiar a los de Charlie): mis dos Marlene,
Aileen y Norkis. A todos, y a medio Camagüey, mil gracias.

Ojalá y se aleje de mí otra experiencia similar, pero, si llegara ese
momento, con gusto les dejaría mi corazón y mi vida (como ahora lo hago con
los especialistas del Hospital Universitario Clínico Quirúrgico Comandante
Manuel Fajardo), aunque estas sean las últimas manos que lo intenten.


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