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12/22/13 -  Juventud Rebelde (Habana) - La avenida de la venganza fatigosa

La Televisión cubana, y otros medios de comunicación, se hicieron eco de la
publicidad que rodea a la telenovela Avenida Brasil que se cuenta entre las
más populares del monopolio audiovisual brasileño. Mas, ninguna novela
puede enhebrar "cientonosécuantos" capítulos, con un mínimo de coherencia,
empleando solo como argucia el ánimo vengador de su protagonista

Joel del Río digital@juventudrebelde.cu 21 de Diciembre del 2013 21:31:37
CDT

En la tentativa por lograr personajes positivos y negativos cada vez más
espectaculares y atrayentes, o de enredar a tales protagonistas en una
trama asombrosa e insidiosa, la telenovela brasileña pudiera llegar a
sacrificar por completo la base moral que sostuvo 200 años de melodrama
operístico, literario, teatral, cinematográfico y radiofónico. A juzgar por
Avenida Brasil pudiéramos estar en presencia de un nuevo tipo de telenovela
que renuncie flagrantemente a la educación ética y sentimental del público
en tanto se embellece, se tolera y se aceptan el rencor, la deslealtad, la
vileza y el delito, mientras se presenta cierto estereotipo del suburbano
carioca, devorador de arroz con frijoles, tomador de cerveza, aficionado al
chisme y la irreverencia, ruidosos, parlanchín y mal educado.

Sobre la premisa argumental de "hasta dónde se puede llegar para aplicar la
justicia por tus propios medios", ocurría en los primeros capítulos una
historia de humillación por parte de una madrastra mala, a lo Cenicienta, y
luego aparecía el ingrediente de la venganza, que emparenta la trama con la
de Hamlet, El conde de Montecristo y con centenares de thrillers
norteamericanos. Porque la telenovela que está llegando a nosotros tres
veces por semana gastó sus mejores municiones al principio, en los primeros
15 o 20 capítulos, cuando la trama se movía entre el pasado y el presente,
y parecía que los personajes seguirían alguna lógica, al menos, la del
melodrama, con aquella niña sufriente y maltratada que regresaba para hacer
justicia. Pero después, el guion se ocupó en acabarnos con la paciencia, y
menospreciar la inteligencia del auditorio.

Con una correcta dirección de Ricardo Waddington, que destaca a veces por
su visualidad sofisticada, con matices cinematográficos y hasta
documentales, sobre la base de un guion demasiado estirado y previsible de
João Emanuel Carneiro (creador también de La favorita), Avenida Brasil
abusa sin control, en su estructura dramática y planteamiento de los
conflictos, de situaciones casuales, excesiva discreción de personajes que
solo guardan el secreto mientras le conviene al guionista, gente que
escucha todo el tiempo detrás de las puertas, personajes que gritan sus
secretos más oscuros, chantajes facilísimos y fidelidades inauditas. Y
todas estas circunstancias solo cumplen el propósito de alargar de manera
inmisericorde el tema "serio" de la identidad encubierta de Rita-Nina, o el
triunvirato de adulterios que sostiene Carlitos (Alexandre Borges).

La villana absoluta está beneficiada por los desbordes de sobreactuación
suministrados en cada capítulo por Adriana Esteves, quien ha sabido moldear
una de las mejores malvadas de la telenovela brasileña, junto con Gloria
Pires en Vale Todo (1988), Renata Sorrah en Señora del destino (2004) y
Patricia Pillar en La favorita (2008). Pero hablando del personaje, ya no
de la actriz, es preciso decir que creerse las patrañas y fingimientos
constantes de este monstruo requiere, en primer lugar, de un público
postrado intelectualmente, incapaz de aplicarle a la trama la lógica más
elemental. Y en segundo lugar, las barbaridades de la rubia peligrosa
ocurren solo gracias a la imbecilidad innata y la ignorancia de los
buenazos que la rodean.

La venganza de Nina, ejecutada dentro de la propia casa de su peor enemiga,
contiene demasiadas situaciones que violan incluso la tradicional ilógica
telenovelera. Y no es que se trate de una antiheroína, sino que más bien
fueron incapaces de perfilarle matices de nobleza trágica a su venganza.
Ella cumple a cabalidad su papel de mentirosa, adulona y cómplice, renuncia
a su realización personal, perjudica a sus amigos y seres queridos en una
venganza tan ruin como necia, mientras se reitera hasta el ridículo
aquellas náuseas en el inodoro, y sus lavados de manos para tratar de
purgar una decadencia que evidentemente está disfrutando. A todo ello se
agrega que Nina está mal defendida, con un repertorio de tres muecas para
expresar tristeza, y dos mohines para la alegría, por Débora Falabella,
cuya extraordinaria fama apenas puede cubrir su tendencia a interpretar
cualquier papel desde lo monocorde e inexpresivo.

Mis lectores alegarán que siempre quedarán los últimos capítulos como
oportunidad para la redención, el arrepentimiento y hasta la reconciliación
entre estas dos mujeres tenaces que perdieron todo sentido del límite, pero
de nada valdrá tal instante de satisfacción y catarsis, si ya nos
machacaron con decenas de capítulos donde la heroína perdió toda su
integridad, y sin beneficios de ninguna índole, porque Rita desciende y se
desmoraliza, sin que Nina gane ni un ápice de complejidad, o de capacidad
para convencer al espectador de sus buenas razones. Y ese es el problema
que perjudica toda la trama, ningún personaje parece estar en trance de
mejoramiento, o crecimiento moral, mediante el sufrimiento. Los móviles
dejaron de ser el amor imposible y la pasión no correspondida. Aquí las
fuerzas motoras de la acción se localizan en el cuadrado equilátero: miedo,
dinero, venganza y lujuria.

El ánimo mendaz que anima a casi todos los personajes de Avenida Brasil (le
recomiendo el simple ejercicio de analizar las relaciones entre los
principales personajes y salta a la vista que casi todos mienten, engatusan
y manipulan a sus parejas y familia) se extiende a los elementos de puesta
en escena. Algunos cronistas despistados asumieron el "realismo" con que se
presenta la marginalidad, sin parar mientes en que el pintoresco y casi
pulcro Tiradero fue construido escenográficamente en un amplísimo y bien
equipado foro de la televisora O Globo. Y no es que estuvieran obligados a
filmar en alguna de las numerosas favelas cariocas, pero la sofisticación
aplicada a la miseria demuestra que en este tópico, como en todo lo demás,
Avenida Brasil falsifica la imagen de la miseria, y la presenta de manera
agradable, e incluso glamorosa con esas lindas paredes hechas de latas y
botellas recicladas.

Por supuesto que el guion tampoco es tan incorrecto políticamente como para
dividir buenos y malos en dependencia del sexo o del estatus económico.
Pero semejantes libertades se tomó Dickens para describir a sus
delincuentes en Oliver Twist hace como 150 años. Y así, Lucinda y Nilo, o
Tifón y Carmiña, simbolizan respectivamente a Eros y Tánatos, la eterna
pulsión de la vida y el amor en lidia perenne con el odio, la muerte y la
desintegración. Pero la tirantez entre estos personajes muchas veces se
difumina en tanto "los buenos" son ambiguos, despistados, ciegos,
impotentes por completo para cambiar algo o carecen de fuerza para
contender con la maldad. De modo que la intensidad del conflicto se mengua
a favor, otra vez, de los infames, y el triunfo de los malos, o su
capacidad para corromper provoca cierta sensación de incomodidad y
desconcierto en un género donde la transmisión de valores y de conocimiento
suele marchar a la par con la inclinación al entretenimiento.

La Televisión cubana, y otros medios de comunicación, se hicieron eco de la
implacable publicidad que rodea a una telenovela que ya se cuenta entre las
más populares y vendidas de cuantas ha producido el monopolio audiovisual
brasileño. Debemos confesar que cualquiera se impresiona con aquella
propaganda sobre "la telenovela que paralizó un país", el tremendo impacto
en las redes sociales, o aquellas sentencias de ciertos críticos respecto a
la burla a que son sometidos el mal gusto y la incultura de la clase media
alta (nuevos ricos de la zona norte), y la sátira en sordina del machismo
carioca. Si bien la chanza aplica en cuanto al ídolo futbolístico cornudo,
al anciano con mujer joven, a los varones que solicitan de sus mujeres
relaciones serias y estables, y a ciertos galanes lujuriosos y
descerebrados, todo ello empalidece ante la sacralización del machista
incontinente que es Carlitos, y de la mujerona promiscua e interesada que
es Suelen, en tanto sus experiencias se presentan como posibles,
justificables y hasta graciosas. Conste que los apuros de la prostituta
barriotera y el prostituto de clase alta aparecen bajo el prisma empático
de la comedia. Y aunque nadie se ría a estas alturas con los apuros
ocasionados por la lujuria, es posible que los trucos del fauno embustero y
la deslumbrante meretriz sean admirados por algunos cubanos y cubanas.

Respecto a la sobrestimada crítica social presente en Avenida Brasil, solo
puedo decir que la serie se atreve a mofarse de un proceso de ascenso
social que sus predecesoras idealizaban. Aquí los pobres también se vuelven
ricos, y ascienden en la escala, pero los que eran malos, siguen siendo
malos, incluso empeoran con el espantoso barniz dorado que le aplican a sus
máculas. Es cierto que los héroes y sus oponentes son todos gente de
pueblo, y se abandonan las tradicionales playas de Copacabana o Ipanema
para mostrar la vida en los barrios humildes o periféricos (la avenida
Brasil del título es una vía que comunica el mar con los barrios del norte,
y une todo tipo de vecindades). Pero todo ello no me basta para explicarme
el éxito, porque el suburbio se presenta en los mismos términos de grosería
y pintoresquismo en que lo presentaban otras telenovelas.

Aunque siga sin comprender las razones de la locura que llevó a 38 millones
de brasileños a devenir fanáticos de Avenida Brasil, me parece lógico que
el final registrara un récord de 49 puntos de audiencia, porque después de
tantas horas perdidas en la dinámica de Nina -que primero le da un masaje a
su detestable patrona y luego estriega sus manos con jabón (como si no
fuera más fácil y económico abstenerse de tocarla)- ya el espectador
necesita presenciar la justicia cumplida, la venganza ejecutada, y que
ruede por los suelos la oxigenada cabellera de Carmiña, para que pague por
todo el mal que le hizo a la pobrecita huérfana, devenida aquí oscura
Erinia cuyo errático comportamiento incluye, quizá, a lo mejor, tal vez, el
perdón y el olvido por tanta ignominia.

Allá los que se crean que el ánimo vengador de Nina es algo más que una
grotesca argucia para enhebrar "cientonosécuantos" capítulos, y en cada uno
de ellos presentar una revelación supuestamente trascendental para la
trama. Ninguna serie puede sostener durante tanto tiempo, con un mínimo de
coherencia, semejante crescendo de emociones. Avenida Brasil tampoco lo
logró, y asumo la polémica que tal vez genere esta opinión.


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