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12/15/13 - Juventud Rebelde (Habana) - Una vivencia increíble

Cipriano Almaguer Peña nació en Las Tunas en 1925, y por las vueltas de la
vida fue a parar a una comunidad indígena de Guatemala, donde se convirtió
en el tunero guatemalteco

Juan Morales Agüero juan@juventudrebelde.cu 14 de Diciembre del 2013
23:07:37 CDT

Este relato parece inverosímil. Lo retomo luego de más de una década de
ocurrido. Mientras más me detengo en sus detalles, más insólito me resulta.
El viejo Cipriano, su protagonista, falleció hace unos años. Me enteré por
pura casualidad.

Todo comenzó el 7 de mayo de 2002, mientras cumplía misión periodística en
Guatemala. Ese día, la columna zodiacal del diario chapín Prensa Libre me
predijo, entre otras cosas, lo siguiente: "Hoy va a recibir una sorpresa
increíble que lo hará emocionar". A pesar de que nunca le he prestado
atención a los horóscopos, debo admitir que su augurio acertó.

Aquel día me fui con uno de nuestros médicos hasta una aldea en el
departamento del Quiché. "Aquí con los indígenas vive un hombre que asegura
ser cubano", me comentó al llegar al villorrio. "Repite eso", le exigí,
incrédulo. Lo hizo, y a partir de ese momento no tuve cabeza para otra
cosa.

Lo acribillé a preguntas: "¿Quién es? ¿Dónde vive? ¿Hay posibilidad de
verlo? ¿Cómo se va a su casa? ¿Podemos ir ahora mismo?". Un lugareño se
ofreció para conducirme. Luego de caminar un poco, me mostró una casa de
paredes de barro.

"Llegamos -dijo-. Ese que está en la puerta es Cipriano".

Ante mí tenía a un hombre de unos 75 años, alto y escuálido, pero aún bien
plantado. Vestía camisa de mangas largas dobladas. Mostraba una barba
escasa y descuidada. Sus ojos denotaban un cansancio colosal. Se tocaba con
un sombrero ceñido por una banda oscura. De su hombro izquierdo colgaba un
morral indígena. Me miró con extrañeza cuando me le aproximé. Le tendí la
mano y me la estrechó. Las primeras frases intercambiadas fueron más o
menos de este tenor:

"Buenos días. Buenos días. ¿Cómo está? Bien. Me han dicho que usted es
cubano. Sí, cubano. Ah, entonces somos compatriotas. ¿No me diga? Sí, soy
periodista y ando de recorrido por Guatemala. Pues bienvenido. ¿Y de qué
parte de la Isla es usted? De Oriente, de la zona de Victoria de Las
Tunas..."

El corazón me dio un vuelco. ¿Había escuchado bien? ¿Coterráneo mío aquel
hombre? No, demasiada casualidad. ¿Qué hacía en una cordillera
guatemalteca? ¿Cuándo abandonó el terruño? ¿Qué hacía viviendo en una aldea
indígena?

El viejo notó mi confusión. Me sorprendió la lucidez con que explicó las
circunstancias en que llegó a ese país.

"Me llamo Cipriano Almaguer Peña -dijo-. Nací en 1925, en el barrio
Dumañuecos, cerca del ingenio Manatí. Mi familia tenía un lotecito de
tierra. Eran tiempos malos. Tenía que ayudar a papá. Cuando tuve 18 años me
fugué de la casa y...".

Cipriano tomó rumbo a La Habana. Guajirito y analfabeto, se las vió negras.
Comenzó a merodear por los muelles del puerto y a relacionarse con los
marineros. Uno de ellos le propuso viajar de polizón en un barco que iba a
Honduras. Aceptó.

En Centroamérica la United Fruit Company necesitaba mano de obra barata.
Estuvo cargando racimos de plátano hasta que un accidente en una grúa lo
dejó lisiado. Lo despidieron. Hizo gestiones para retornar a Cuba, pero no
tenía un céntimo.

"Vine para Guatemala en 1957 -agregó-. Aquí hice de todo para ganarme la
vida: desde trabajar en las milpas hasta atender plantaciones de cardamomo.
Formé familia. Me arrimé a una indígena que me dio siete hijos varones.
Andan regados por todo el país. En eso de ir de un sitio a otro se parecen
al padre. ¿Mi mujer? Murió hace años. ¿Dumañuecos? Jamás volví a saber de
allá. Nunca fui muy apegado a mi gente".

Me invita a pasar. Como la mayoría de las casas indígenas, la suya no tiene
divisiones ni ventanas. El piso es de tierra. En un rincón, un camastro da
fe de la pobreza de su inquilino. Un fogón de leña humea en el fondo. Hay
vasijas estropeadas por el uso. Además, un bulto de madera, una tinaja, un
amasijo de ropa, una bandeja para hacer tortillas de maíz, un calendario de
la cerveza Gallo y un pequeño baúl. Cipriano va, lo abre, revuelve, saca un
papel hecho jirones y me  lo muestra con la felicidad danzándole en las
pupilas.

"Mire este pedazo de un periódico de Victoria de Las Tunas -dice,
triunfante-. Se llamaba El Liberal. Ahí hablan de Lalo Fontaine, un mambí
que era mi padrino. Ese recorte lo llevé de Cuba cuando me fui para
Honduras. Es el único recuerdo que tengo de allá. Paisano, perdone, ahora
tengo que salir...".

Queda parado frente a mí. Lo abrazo y apenas me corresponde. Se safa con
suavidad. Va hasta un ángulo de la casa y le echa mano a un bastón. Afuera
alguien lo llama por su nombre. Emocionado le doy gracias al horóscopo.  Me
despido.

Bueno, Cipriano, yo también me retiro... Que le vaya bien. Contento de
haberlo encontrado. Y yo, señor. Nunca pensé toparme a un tunero tan lejos.
Ni yo tampoco... Mire, le regalo este almanaque cubano. Muy bonito. ¿Me
permite hacerle una foto? Bueno... Venga para acá. No, aquí mismo. ¿Nos
volveremos a ver algún día? Yo creo que sí, allá arriba...

Y, con el brazo extendido, me señaló hacia el cielo.


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