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12/12/13 - Rebelión (Madrid) - Cuba: derechos culturales

Enrique Ubieta Gómez La Jiribilla


Mi generación, la que nació en el límite de las dos épocas, en el instante
del parto histórico, muy poco antes y mucho después, la que se multiplicó
por el deseo y la confianza de las madres que entonces decidieron emular a
la Historia en eso de parir, de crear, fue hija de los libros. Alguien
debiera anotarlo: las Revoluciones, todas, sienten una vocación pedagógica.
Lenin se refería al hecho de que los pueblos, en época de grandes
transformaciones, aprenden en semanas, en días, lo que en épocas normales
llegan a entender en décadas, en siglos. Pero nunca es suficiente. Las
Revoluciones necesitan del saber, nacen hambrientas de saber. Fidel lo
expresó de forma clara: "les pido que lean, no que crean".

Para que las llamadas masas pudieran leer, en Rusia, en China, en Cuba, en
Nicaragua, en Venezuela, las Revoluciones alfabetizaron al pueblo.
Alfabetizar no significa aprender a deletrear y a escribir el nombre
propio. Significa transformar a los hombres y mujeres, de simples objetos,
en sujetos. Significa hacerlos partícipes, protagonistas de sus vidas. La
pasión por el saber, por entender, por transformar y comprometer la vida
humana en decisiones personales, colectivas pero personales, como la de
aquella mujer del filme de Fernando Pérez (Madagascar) que se buscaba en
una foto aérea de la Plaza donde se aglomeraba un millón de personas, una
foto que hacía que los rostros fuesen indescifrables, que simularan ser una
"masa" informe, y que sin embargo, era un canto a la individualidad: todos
los "retratados" se asumían como protagonistas únicos.

La mujer del filme se buscaba absurdamente porque siempre se sintió
protagonista, porque no concebía que su rostro no se distinguiera. Porque
ella, entre todos, era ella, como nunca antes lo había sido. Qué difícil es
explicarle esto a los que nunca han vivido una Revolución, o a los que se
distanciaron de ella. Al capitalismo no le interesa que las masas se
transformen en colectivos de individuos. Porque no le interesa el
individuo, aunque su retórica doctrinal lo enarbole como excusa.

Si me preguntan qué aporta el socialismo a los derechos culturales del
ciudadano, tendría que decir algo en apariencia sencillo: la posibilidad de
que se encuentre a sí mismo. Por eso los dos actos que simbolizan a la
Revolución, que establecen los puntos cardinales de su cruzada cultural,
son de una parte la alfabetización, y de la otra, la edición millonaria de
la obra cumbre de las letras hispánicas: Don Quijote, el primer libro
publicado por el gobierno revolucionario. Los hombres y mujeres de la
Patria libre, los recién alfabetizados, eran simultáneamente invitados a
traspasar el lindero de la llamada "alta" cultura. Se les pedía que fuesen
Quijotes y que pelearan contra sus propios molinos. Contra todos los
molinos.

Por eso, también, una de las primeras medidas adoptadas por la Revolución,
fue la creación del ICAIC, del cine libre, del cine comprometido. Y una de
las escenas más conmovedoras la registró ese cine de sí mismo en sus
primeros pasos: la reacción de los vecinos de un pueblo de la montaña
frente a una pantalla ambulante; las risas, los asombros, los suspiros de
unos espectadores vírgenes, que se descubrían en la pantalla, porque si
empezaban a ser protagonistas de sus vidas, lo serían también de aquellas
imágenes en movimiento. Y muchos niños huérfanos, deslumbrados, danzaban en
las escuelas de ballet, y se transformaban en estrellas rutilantes de un
firmamento que había estado vedado para ellos apenas unos años antes,
mientras una generación de guajiros se convertía en la nueva vanguardia de
las artes plásticas.

La isla de Utopía era una fábrica de bailarines clásicos y de peloteros. Y
los actores se trasladaban a lugares como la Sierra del Escambray o a la
Ciénaga de Zapata, para fundar el teatro y los hombres del futuro. Entonces
aparecieron los cantores rebeldes, simples Silvios y Pablos, en poses y
melodías difíciles de descifrar, según los viejos códigos, que los
guerrilleros y los estudiantes, y los rebeldes de toda la América nuestra
hicieron suyos de inmediato y reivindicaron en la clandestinidad, y en las
prisiones, y en la muerte. Nosotros, los hijos de los alfabetizados, los
hermanos menores de los cantores primeros, fuimos sobre todo alumnos.
Vestidos de azul, de carmelita, de verde, de blanco y azul, que sé yo,
enfundados en todos los uniformes de la esperanza, discutíamos frente a los
murales o a los carteles que los pintores de vanguardia dejaban como
señales del tiempo en las escuelas, o conversábamos, sentados en el piso,
con el líder de la Revolución latinoamericana, Fidel, simplemente Fidel.

Éramos hijos de los libros, digo, y a veces creo que la fortaleza era
también la debilidad. Pero asistíamos a los actos y soñábamos, como
recientemente confesara Silvio, con asaltar Moncadas, o pertenecer a "los
comandos del silencio", la aventura de la epopeya tupamara, con empuñar la
adarga del libro iniciático de la Revolución, en la Moneda, o en Angola, o
en la frontera de la Nicaragua sandinista, con ser Alberto Delgado o el
David de En silencio ha tenido que ser, la serie de televisión. Días
felices, días sin nada, más que la pura felicidad de vivir a conciencia, en
los bordes de un mundo nuevo. Nuestro deber era estudiar, leer. Hasta que
sobrevino el derrumbe de los países que nos acompañaban, o que parecían
acompañarnos. Hasta que la neblina desdibujó el futuro. Y un largo
paréntesis nos dejó a la deriva. Entonces comprendimos que la instrucción
no se convertía de manera espontánea en cultura, que ser revolucionario no
era un problema de conocimientos -aunque también presuponía un saber-, sino
de ética.

Los valores de la época, los que la historia nos hacía compartir con los
habitantes del planeta, adquirían un matiz trágico en el socialismo: la
corrupción podía ser sistémica en una sociedad que no se interesaba por el
origen del dinero, del tener, pero en el socialismo es antisistémica. El
revolucionario no era el que más sabía, sino el más ético. La triste
desconfianza, que nos hacía presuponer la doble moral del vecino, se
alimentaba de una certidumbre: es la virtud la que nos hace
revolucionarios. La virtud es un suceso cultural de la mayor importancia.
Ser cultos -la única forma de ser libres-, es ser éticos.

Si me preguntaran cuál fue el mayor aporte de la Revolución a la cultura,
diría que hacernos sujetos de la historia. Mis derechos culturales pasan
por los libros que leo, por las obras de teatro, de ballet, o de cine que
veo, por los deportes que practico o disfruto, por las preocupaciones,
dudas y anhelos que me mueven, por mi capacidad para decidir lo que soy, lo
que seré, más allá incluso de lo que tengo o pueda tener, y también, sobre
todo, por mis sentimientos de solidaridad para con los otros, dondequiera
que vivan. Mis derechos culturales se definen en la utilidad que aporta mi
vida. Eso es la Revolución.

Fuente: http://www.lajiribilla.cu/articulo/6445/cuba-derechos-culturales


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