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12/03/13 - Juventud Rebelde (Habana)  - La travesía del siglo

Con la salida del yate Granma, el 2 de diciembre de 1956, comenzaba a verse
en el horizonte de Cuba el sol de la libertad

Luis Hernández Serrano digital@juventudrebelde.cu 2 de Diciembre del 2013
21:40:17 CDT

El yate está a punto de partir, marcado por la enorme impaciencia de los
compañeros que van en zafarrancho de combate rumbo a Cuba. Todos quieren
subir. Algunos se adelantan en una porfía callada por entrar primero, y el
temor de que los últimos no puedan navegar.

Un lanchón maderero, a la derecha del Granma -custodiado por un soldado que
ignora lo que a unos pasos suyos está ocurriendo en la historia de América-
complica más la maniobra tensa y emocionante de la partida.

A eso de las dos de la madrugada (con las luces apagadas y un silencio
absoluto por parte de estos hombres) se pone en marcha el motor de la
izquierda del yate, y se va sigilosamente separando del espigón y del
indiscreto lanchón maderero.

Con 78 cubanos y cuatro extranjeros -Gino Donné Paro, italiano; Ramón
Mejías del Castillo, "Pichirilo", dominicano; Alfonso Guillén Zelaya Alger,
mexicano; y Ernesto Guevara de la Serna, argentino- pronto echa a andar por
el ancho río Pantepec abajo, que divide en dos la capital veracruzana de
Tuxpan, rumbo a la hondura del Golfo de México y con augurios de tempestad.

La navegación está prohibida. El permiso conseguido varios días antes de
iniciarse el mal tiempo, dice que navegarán hacia la isla también
veracruzana de Lobos, en "viaje de recreo".

Para cruzar el cable del ferry que une a las dos partes de la ciudad, deben
detenerse los dos motores ya activos,  otro instante difícil, pero sin
mayor contratiempo. Y de nuevo se arrancan con precisión y éxito.

Inmediatamente llega un nuevo motivo para preocuparse: antes de entrar a
mar abierto hay que pasar un faro de la Marina mexicana y un puesto naval.
Fidel ordena agacharse para no ser vistos, y a los que usan espejuelos
quitárselos para evitar que el brillo de los cristales pueda descubrirlos.

En la tarde de aquel 25 de noviembre, el yate comienza a hacer agua. El
piloto Roque diría años después que "un mar fuerza seis azotaba el barco, y
daba la impresión de que se iba a ir por ojo", con amenaza de hundirse. Al
peligro de ser capturados por las autoridades mexicanas se une el de un
naufragio a 80 millas de la costa, en un hondísimo mar infestado de
tiburones.

Una de las bombas de achique no funciona, y Fidel ordena utilizar los cubos
y observa durante dos horas si entra más agua de la que se extrae. Además,
por la partida precipitada, no se advierte que se cargó poca cantidad de
víveres, insuficiente para tantos hombres, en una calculada semana de
travesía.

El yate comienza a dar bandazos y esto provoca mareos y vómitos a los
expedicionarios. Fidel orienta que un grupo de compañeros tome algunas
armas para rechazar cualquier intento de agresión enemiga. El día 30 tiene
lugar el proyectado alzamiento de Santiago de Cuba en apoyo al desembarco,
y con ello la tiranía tiene ya la certeza de que la provincia escogida para
eso es la de Oriente.

El jefe de la expedición lo confirma por la radio y comenta que quisiera
tener alas para volar. Da a conocer la estructura de mando del destacamento
rebelde: un Estado Mayor de 16 compañeros y tres pelotones de 22 hombres
cada uno. Los menciona de inmediato y se reparten los uniformes y sus
armas.

Los tres jefes de los pelotones son José René Smith Comas (la vanguardia);
Juan Almeida Bosque (el centro); y Raúl Castro Ruz (la retaguardia). Entre
los 82 expedicionarios, 21 participaron en las acciones de 1953.

En la noche del 1ro. de diciembre un inesperado golpe de ola lanza al mar
al piloto Roque, cuando desde el techo del yate otea el faro oriental de
Cabo Cruz. Almeida grita: "¡Hombre al agua!".

Fidel quiere tirarse en su busca. El dominicano Pichirilo alumbra con una
linterna. Los compañeros le quitan a Fidel esa idea y entonces da la orden
de efectuar las maniobras necesarias para rescatarlo, pese al retraso del
viaje. A la media hora se encuentra y se rescata.

Al fin, el domingo 2 de diciembre desembarcan del yate en la zona de
Niquero, Oriente (en Los Cayuelos, entre Punta Colorada, al nordeste, y
Punta Purgatorio, al sudoeste), a unos 1 200 metros de la primera.

Guillermo García espera en vano el desembarco en un lugar de la costa entre
Ojo del Toro y Boca de las Piedras. Con tres compañeros, dispone de un
camión, pero la     acción se da en el otro sitio mencionado.

Los patrullajes aeronavales batistianos y yanquis no han impedido el arribo
del yate. Solo tres inofensivas embarcaciones son testigos de su llegada.
Un pescador de la zona en un bote de remos está próximo a la costa; el
Granma le pasa cerca y cuando encalla se atemoriza y se aleja remando. El
barco de cabotaje Tres Hermanos va saliendo a esa hora de la laguna del
Guaso, hacia el sur del lugar donde se detiene el barco desconocido.
Cargado de carbón para Manzanillo, sus tripulantes ven también el yate y la
embarcación da media vuelta para esconderse. Desde el norte viene
acercándose el Gibarita, embarcación dedicada al tiro de arena de Cayo
Casimba a Niquero. Al divisar el Granma, alguien da también un grito y la
barca parte a informar a las autoridades navales.

Los expedicionarios caen en una ciénaga donde el avance es muy difícil.
Resbalan, se atascan, se hunden. Muchos están débiles por el ayuno de los
últimos días de viaje y las fatigas constantes del mareo. En un supremo
esfuerzo avanzan dispersos en pequeños grupos hacia la costa, a la que se
acercan lentamente con las armas en alto.

Durante unas dos horas las espinas, los filos de las hojas del mangle rojo
y blanco y las raíces que emergen del agua desgarran los uniformes y la
piel, mientras las botas nuevas provocan ampollas al caminar luego por
sobre los arrecifes y el diente de perro del monte costero.

La prensa ya ha dado la noticia del desembarco. Batista no lo puede
concebir, no obstante la ayuda estadounidense. Por eso vocifera
histéricamente por teléfono para que se investigue con urgencia la
actuación de dos oficiales subalternos del ejército: el capitán Caridad B.
Fernández, jefe del Escuadrón 12 de la Guardia Rural, y el segundo teniente
Aquiles Chinea, jefe del Puesto de Niquero. Uno de los dos militares
aludidos, el jefe de Puesto de Niquero, tiene solo ocho alistados a su
mando, con igual número de fusiles calibre 30, y un total de 90 cartuchos
por hombre. Dispone nada más de esa pobre fuerza, aunque su área de
responsabilidad hacia el norte es la desembocadura del río Sevilla, por el
este hasta el nacimiento de ese río, en Alto Regino, y por el oeste hasta
Cabo Cruz.

Después se moviliza una unidad de artillería integrada por cinco oficiales
y 89 alistados, al mando del comandante Juan González. Llegan a Niquero en
la noche del 2 de diciembre.

Al día siguiente salen en busca de los expedicionarios. Avanzan en
dirección a Río Nuevo, Agua Fina, Alegría de Pío y El Plátano, para tratar
de cortar el paso a Fidel y a sus hombres en su marcha hacia la Sierra
Maestra. De allí se trasladan a Pilón y después a Mareón, donde establecen
ese día una posición defensiva.

La tropa ubicada en Mareón se traslada el 4 de diciembre hacia los bosques
de Agua Fina. Luego de unirse a la tercera compañía del primer batallón de
artillería de costa -mandada por el capitán Juan Moreno Bravo- se dirige a
Alegría de Pío, adonde llega en horas de la noche.

Los expedicionarios continúan rumbo al este. Caminan toda la noche.
Temprano en la mañana del 5 de diciembre, extenuados, acampan en un pequeño
cayo de monte, cercano a un cañaveral de la colonia Alegría de Pío. Sin
saberlo están al alcance del ejército. Se reparte galleta con chorizo.
Cuando menos se espera el enemigo ataca por sorpresa. En el intenso tiroteo
mueren Humberto Lamothe Coronado, Carlos Israel Cabrera Rodríguez y Oscar
Rodríguez Delgado.

Cuatro compañeros son heridos de cierta gravedad: Raúl Suárez Martínez en
el dedo gordo de una mano; Ernesto Guevara de la Serna en el cuello; a José
Ponce Díaz, un plomo le da en el tórax (y se le aloja entre el corazón y
los pulmones), y Emilio Albentosa Chacón recibe un tiro calibre 45 en el
cuello. Juan Almeida Bosque, al oír al enemigo ordenando que se rindan,
contesta virilmente: "¡Aquí no se rinde nadie, c.!".

En realidad el peor resultado de la sorpresa -además de los tres compañeros
muertos y los heridos- es que los 82 combatientes se dispersan guiados por
el instinto de conservación, en medio de tan confusas circunstancias. Fidel
diría años después: "La destrucción del destacamento expedicionario del
Granma no fue el fin de la lucha, sino el principio".

En la dispersión inicial quedan divididos en 28 grupos. Trece combatientes
quedan solos, como Juan Manuel Márquez, el segundo jefe del destacamento.
Cinco de los grupos están compuestos solamente por dos combatientes. Tres
grupos -entre estos el de Fidel- están integrados por cuatro o más, como
los de Raúl Castro y Juan Almeida. El colectivo más numeroso es el
encabezado por José René Smith Comas, inicialmente con 14 expedicionarios.

Fuentes: El Granma: La aventura del siglo, Alberto Ferrera Herrera,
Editorial Capitán San Luis, 1990; El quinto expedicionario, del autor,
Editorial Pablo de la Torriente Brau, 1999, y archivo de Juventud Rebelde.


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